Capítulo 20: Los hijos se independizan


Manolo, una vez más, sin contar conmigo, hacía poco que había hecho el trato de un piso situado en Albolote. Me lo comunicó el mismo día que me dijo de acompañarlo para firmar la hipoteca. Al terminar la gestión me preguntó si quería ir a verlo. Fuimos y, la verdad, era muy bonito. Enseguida pensé en ofrecérselo a mi hijo y Lina, y así se lo dije a Manolo, que, aunque contrariado, pues seguro tenía otros planes para el piso, finalmente accedió.

Por otro lado, mi hija me puso al corriente de sus planes de boda civil con Felipe. Él vivía independiente, en un piso de su propiedad. En él vivirían. Se le dio una mano de pintura. Por lo demás, como piso de soltero, le faltaban algunos detalles. Mi hija me pidió que la acompañara para comprobarlo, y, como ella tenía claro lo que quería, recorrimos varias tiendas hasta que quedó satisfecha. En el piso todo estaba preparado para acogerlos como marido y mujer. La fecha del día de la boda, fijada, y el vestido sin elegir. Yo le preguntaba a mi hija:

— Y el vestido, ¿cuándo lo vamos a ver?

Ella callaba. Yo la imaginaba el día de su boda con un vestido blanco, y cuando pasábamos por alguna tienda de vestidos de novia, le decía ilusionada:

— ¡Mira ese que está en el escaparate! ¿Entramos y te lo pruebas?

No recuerdo si llegó a probarse alguno. El caso es que el día fijado se aproximaba, y el vestido sin elegir… Finalmente me dijo que los dos habían decidido no ir vestidos según lo convencional, que lo harían al estilo 1900.

—¿Y cómo es? —le pregunté.

— Pues un vestido normal —me contestó.

Seguía sin comprender, pero enseguida reaccioné. Le dije adiós a mi ilusión de verla vestida de blanco y me dispuse para ayudarle a que viviera la suya, diciéndole:

— Si va a ser de esa época, una buena modista lo puede hacer. Yo me ocupo de encontrarla.

Ese mismo día me puse en contacto con una conocida que hacía poco casó a una de sus hijas. El vestido se lo había hecho una modista especializada en ello. Me dio el numero de teléfono, la llamé y le dije quién nos recomendaba y lo bien que nos había hablado de ella.

—¡Ah sí! —me contestó— Hace poco le hice el vestido de novia a su hija.

— Pues para eso la llamo, mi hija se casa. ¿Usted le puede hacer el vestido? ¿Y al mismo tiempo, uno para mí?

—¿Y qué día es la boda? —me preguntó.

Al comunicarle la fecha me dijo:

— Es poco tiempo.

— Tiene toda la razón —le contesté—, pero se lo pido por favor. Además, como no es un vestido de novia convencional, le llevará menos tiempo. Y el mío tampoco, porque lo quiero normalito, para que me lo pueda poner después de la boda.

— De acuerdo, los haré. Venga mañana para que les tome las medidas y ultimar detalles.

Al día siguiente fuimos. La señora, muy amable, nos recibió. Mi hija le explicó más o menos el vestido que quería, porque tampoco lo tenía claro. La modista tenía muchas revistas con vestidos de novia, pero de esa época no. Más, como buena profesional, captó la idea de lo que sería un vestido de novia de esa época, pero sin serlo. Dibujó sobre la marcha algunos bocetos de vestidos sobre los cuales mi hija fue decidiendo y, poco a poco, el vestido que ella quería fue tomando forma. Sólo faltaba elegir la tela y el color.

La modista nos pasó a una habitación donde tenía múltiples piezas de tela. Mi hija eligió una de color asalmonado, preciosa, y ella, para que fuera el ideal de una novia, nos explicó lo que haría: confeccionaría el vestido con la tela elegida, y lo cubriría con otro de encaje del mismo color labrado con diferentes adornos en pedrería blanca. También nos dijo:

— Para surtirme de estos encajes, como no los encuentro en Granada, me suelo desplazar a Madrid, por lo que tendrán que confiar en mi elección.

Mi hija y yo nos miramos. Las dos confiábamos en ella y así se lo dijimos.

Ya que nos íbamos, dirigiéndose a mí, me dijo:

— Nos hemos centrado en el vestido de la novia, y el de usted no lo ha elegido.

Volvimos a entrar para elegir la tela y el color, y como ella sabía que lo quería normalito, me ayudó mostrándome uno que había en una revista, que a mi me agradó.

—¡Bueno! —nos dijo en un tono de voz jovial— Ahora si se pueden ir. Les avisaré cuando los tenga para la primera prueba.

Entre risas nos despedimos de ella como si nos conociésemos de toda la vida. De este primer encuentro y de la manera en que el vestido fue tomando forma, lo recuerdo como algo mágico que, según se iban sucediendo las pruebas, iba aumentando.

De regreso a la casa, las dos, my animadas íbamos compartiendo:

—¡Ahora vamos a ver cómo reacciona tu padre cuando le diga que tenemos que ir para que le hagan un traje! —le dije a mi hija.

— Y tu mamá, cuando vayas a la peluquería, que te den un tinte en el pelo.

— Pues no lo veo necesario —le contesté—, pero si a ti te hace ilusión, lo haré.

Por cierto, el día que fui a la peluquería, buena parte del tinte manchó la blusa que llevaba, y, además ¡era negro! La peluquera no daba crédito al hecho, diciéndome muy preocupada:

— No lo comprendo, ¡es la primera vez que me pasa en treinta años que llevo de oficio!

El día de la boda llegó. ¡El vestido quedó perfecto! Le ayudé a ponérselo y la dejé en manos de la peluquera que vino a la casa. Le hizo un recogido muy original. La maquilló un poquito. Mientras tanto, su padre y yo nos vestimos. Llegó mi hijo muy contento, diciéndonos que el coche ya estaba en la puerta. Al momento llegó el fotógrafo. Todos estábamos esperando en el comedor a que saliera mi hija. Cuando salió nos quedamos admirados, ¡estaba resplandeciente! Porque guapa ya lo era. El fotógrafo empezó la sesión de fotos.

Cuando terminó, todos fuimos bajando. Los vecinos, que sabían de la boda, estaban asomados en sus ventanas. Como desconocían que iría vestida de esa época, quedaron agradablemente sorprendidos y la llamaban por su nombre pidiéndole que se detuviera un poquito para que la pudieran ver mejor. Ella se detuvo mirando hacia las ventanas, gesto que ellos agradecieron vitoreándola y aplaudiendo. El chófer nos dijo:

— Señores, tenemos el tiempo justo. Por favor, vayan subiendo al coche.

El recorrido para llegar al juzgado era por el centro de la ciudad. Yo lo iba disfrutando subida en el coche de época descubierto hasta que nos encontramos sin poder avanzar, en medio de un atasco y vi que mi hija se puso muy nerviosa. Yo le decía:

— Tranquila hija… ¡Ya verás como llegamos a tiempo!

Y así fue. El novio, junto a familiares e invitados de ambas partes esperaban en la puerta, que, por cierto, estaba muy elegante con su traje de época, al que no le faltaba ni un detalle

Terminada la ceremonia, la salida de los novios, ya marido y mujer, fueron rociados con pétalos de rosa y el consabido arroz. Volvimos a subir en los coches para ir al restaurante donde nos esperaba el resto de invitados.

Lo que no me esperaba es que cuatro meses después, Lina y mi hijo decidieron casarse también por lo civil. La noticia nos la dio Lina, uno de los días que vinieron a la casa para comer, con fecha ya fijada:

— Solo faltan dos meses —le dije—, es poco tiempo para prepararlo todo.

— Usted solo tiene que comprarle el traje a su hijo —me contestó—. De todo lo demás, nos encargamos nosotros.

Mi hijo no decía nada. Miré a su padre, invitándole para que diera su parecer, pero él, en su línea, ni se inmutó y continuó comiendo. Lina seguía hablando de la boda, muy ilusionada (mi hijo no tanto, seguía sin decir nada). Ya que se iban, en la misma puerta ella me dijo:

— Bueno, usted queda con su hijo para ir a comprarle el traje.

— Pues no podemos dejarlo. Dime tu, hijo, ¿qué día puedes?

Él, después de pensarlo, me confirmó el día, y en ello quedamos.

Al día siguiente, llamé a mi hija para darle la noticia. Ella me contestó:

—¡Yo ya me lo esperaba!

—¿Yo me tendré que hacer otro vestido? El mismo que me hice para tu boda me servirá…

— No mamá, vas a ser la madrina… ¿Cómo vas a ir con el mismo vestido que te pusiste en mi boda? ¡Qué dirán los invitados!

— Pues no lo veo necesario —le contesté—, pero tienes razón, iré a la misma modista que ya conocemos para que me lo haga. Pero que conste, que no es por lo que puedan decir los invitados.

Y de buen grado me dispuse a poner todo de mi parte para que ellos vivieran su ilusión, al igual que lo había hecho con mi hija.

El día señalado para ir con mi hijo a comprarle el traje lo vi más ilusionado. Fuimos a una buena tienda especializada en ropa de hombre en la que se podía elegir el traje ya confeccionado o hacerlo a medida. Como yo había trabajado en el oficio, sabia que hacérselo a medida era lo mejor, y por ello optamos. Le dije al dependiente que nos atendía que era para su boda, y él nos mostró la variedad que en trajes de novio se podía hacer, para que mi hijo eligiera. Finalmente se decidió por uno de corte normal. Elegimos la tela. El sastre le tomó las medidas y quedamos en el día que teníamos que ir para la primera prueba. También nos dijo:

— Es conveniente que se traigan para hacérsela, los zapatos que se va a poner el día de la boda.

Y ese mismo día recorrimos varias zapaterías hasta que se encontró cómodo con unos que, además, eran muy bonitos. Yo, durante esos días que compartí con él fui feliz porque volvía a ser mi hijo, el que yo conocía. Pero ¡qué poquito me duró!

El día de la última prueba llegó. Al verlo con el traje puesto no pude resistirme, y mirando al sastre dije:

—¡Qué guapo está! ¿Verdad?

A lo que él me contestó:

— Si es que con la percha que tiene, con todo lo que se ponga estará bien.

A continuación, elegimos la camisa, corbata y ropa interior, para que estuviera cubierto durante un tiempo. A sólo una semana para la boda, me dice mi hija:

— Mamá, cuando vayas a la peluquería, que te den un tinte. Porque ya te hace falta.

— Pues no pensaba hacerlo por lo que me pasó cuando me pusieron el tinte para tu boda.

— Pero no tiene por qué pasarte lo mismo… —me contestó.

¡Pues sí que me pasó! La peluquera no daba crédito, la tranquilicé quitándole importancia, y yo, con la lección aprendida, nunca me he vuelto a dar otro.

El día anterior a la boda, mi hijo se vino para dormir en casa. De ella salimos al día siguiente vestidos de guapo, él, su padre, y servidora. El propietario de un flamante coche, amigo de la futura pareja, nos esperaba en la puerta, para llevarnos al registro civil donde aguardaban familiares y amigos más íntimos de ambas partes, y nos dispusimos a esperar la llegada de la novia, que llegó guapísima, con un vestido blanco de corte sencillo, el pelo recogido y un discreto tocado que le adornaba la cabeza. Terminada la ceremonia nos dirigimos hacia el restaurante que ellos tenían reservado.

Antes de empezar a escribir sobre esta etapa de mi vida, quiero recordar a todos los que estén leyendo mis memorias, o lo hagan en un futuro, que las lean como un plus de conocimiento, en el que buena parte de familias se reconocerán. Soy consciente de que moverá consciencias para que la esencia de lo que debe ser una familia, la cual también hemos desvirtuado, se recupere. ¿O acaso son familias estas a las que oigo decir “¡Yo, por mi familia, mato!”? ¿O estas otras, que saben que algún miembro de la familia está cometiendo abusos de toda índole y los ocultan, amparados en el dicho “Los trapos sucios se lavan en familia”? ¿De verdad lo hacéis? ¿O los estáis ensuciando cada día más, por ocultarlo? Y para más ayuda, he creído conveniente enmarcar esta etapa con este mensaje, del cual iré intercalando frases…

Lamento de Jesús por la liberación de toda la Humanidad

Qué triste es saber
que la verdad la encadenan
sin darse cuenta de que, a su vez,
se atan con las mismas cadenas
que te arrastran por la vida,
sin dejarte ver lo que en verdad
te encadena.

¡Oh, cadenas de tormento!
¡Dejad ya de herir con lamentos!
¡Dejad que las personas vuelen
con los colores del firmamento!
¡Soltad ya esos grilletes que
tanto lastiman en entendimiento
!

Con mis hijos ya casados, Manolo seguía en la inmobiliaria, y servidora me ocupaba de la casa, escribía, atendía a las personas que venían a mí y a las que me llamaban por teléfono, sin olvidarme de mis hermanas. Todo bien, o así lo creía, porque de mi parte hacía todo lo posible para que así fuese. Pero un día que iba a la compra, en la misma puerta de la urbanización, veo a Lina que viene hacia mí. Al verla, agradablemente sorprendida la saludé, diciéndole:

— Pero Lina, ¿tú por aquí, tan de mañana? ¿Venías a la casa? ¿Es que ha pasado algo?

— No se preocupe —me contestó—, no pasa nada —. Y continuó: — Bueno, ¡la verdad es que sí!

Y empezó a darme una serie de quejas, acusándome de comentarios que le habían llegado sobre su persona, tratándola de … Yo sabía de lo que me hablaba y de los familiares que los difundieron. Lo que ella no sabía es que la defendí en su momento, poniéndolos en su sitio una vez más. A Lina la tranquilicé de la mejor manera que pude porque sabía, desde que la conocí, que ella, lo de vivir en ese barrio, no lo llevaba bien. Lo poco o lo mucho que le llegara hizo de ello una montaña, por lo que cargué con las consecuencias, pues con nada de lo que le dije entró en razón, y muy ofendida, se fue sin despedirse, dejándome la carga…

Qué triste es saber que la verdad la encadenan

Mi conducta con ellos siguió siendo la misma. Los visitaba, los invitaba a comer en casa, otras veces lo hacíamos fuera con mi hija y Felipe… en fin, aparentemente, todo bien. Pero otro día, también muy de mañana, Lina salió a mi encuentro. La recibí, sorprendida, pero con alegría, le hice las mismas preguntas, y empezó esta vez a decirme que dejaban el piso.

—¿Y eso? —le pregunté.

— Si, porque para pagar un alquiler como nos ha pedido Manolo, enviado por usted, nos compramos uno, y con el dinero que nos pide por el alquiler, pagamos la hipoteca. Y por lo menos, lo que nos compremos, es nuestro.

Yo la escuchaba sin tener la más mínima idea de lo que me estaba diciendo, y así se lo dije. Pero ella seguía acusándome, diciéndome:

— Su hijo está muy disgustado con usted. Esto no se lo esperaba, porque creía que el piso sería para nosotros.

Y una vez más, se fue sin despedirse, dejándome la carga.

¡Soltad ya esos grilletes que tanto lastiman el entendimiento!

Me volví para la casa sin hacer la compra. Pensé en hablarlo con Manolo, pero no lo hice… ¿para qué? Yo ya sabía que había salido de él… Estaba tan cansada, que me dije “que piense lo que quiera”. Tampoco le dije nada a mi hijo, porque, en el fondo, esperaba que él lo hiciera, pero no fue así.

Se compraron una casa en planta baja que estaba en construcción en el mismo pueblo. Cuando estuvo terminada hicieron la mudanza y dejaron el piso. A mí, durante todos los trámites me mantuvieron al margen. Fue duro, pero…