Capítulo 21: Mi misión continuaba


… ahora, en movimiento

Por ese tiempo mi hija y su marido, siempre que tenían unos días libres, nos proponían a Manolo y a mí visitar con ellos otras ciudades de Andalucía y sus pueblos colindantes. Yo siempre llevaba unos ejemplares del primer libro que escribí, “Mi encuentro con Jesús a través de la Biblia y el Tarot”, y en una de las que visitamos, que, por cierto, es costera, dejé en una librería algunos ejemplares con el propósito de que el propietario los ofreciera. Precio nunca les puse. Un día recibí una llamada de teléfono de esta persona, y me dijo:

—He leído su libro. ¡Su contenido me ha impresionado! ¡Es tan diferente a todo lo que hay escrito sobre este tema! —y continuó diciéndome—. En esta ciudad la mayoría de las personas son muy dadas a visitar echadores de cartas y otras cosas más… A mi librería vienen personas para dar cursos, conferencias, … De las personas asiduas a ellos hay un grupo que ha leído su libro y están muy interesados por conocerla. ¿Usted podría venir para dar un curso de Tarot?

Yo le contesté que nunca lo había hecho, pero que, si estaban interesados, podría hacerlo. Le pregunté:

—¿Y cuánto tiempo duraría este curso?

—Pues serían todos los sábados durante tres meses.

—Bueno –le contesté—, lo pienso y en unos días le digo.

La verdad fue que no tuve que pensarlo mucho, pues ya había sido informada de que parte de mi misión también consistía en salir a otras ciudades, si así me lo pedían. Ha sido en este presente en que estoy escribiendo mis memorias cuando he comprendido que la oferta de dar el curso fue el empuje que necesitaba para continuar cumpliendo mi misión. ¡De lo que no me informaron es que iba a ser de tal magnitud!

La decisión de ir la tenía tomada. Lo que me detuvo un poco fue lo de ir y volver todas las semanas durante los tres meses que duraba el curso, ya que mis múltiples dolores y molestias digestivas me tenían muy mermada físicamente, aunque la fuerza espiritual iba en aumento. No obstante, también me debilitaba, pues, sin pretenderlo, muy a menudo entraba en un estado de paz (o sea, visitada por el Espíritu Santo), en los que me sentía tan bien que así me hubiese quedado sin hacer nada. En esta ocasión, cuando volví en mí, tenía la certeza de que, aún habiendo cumplido parte de la misión encomendada, Dios Padre me quería a su servicio, pero en movimiento, y de mí dependía vivir compaginando lo terrenal y lo espiritual.

Y, como siempre solía hacer, a nadie dije nada. Lo que sí hice fue hablar con Manolo y con mis hijos, para que me dieran su opinión sobre cómo lo podría hacer para no tener que ir y volver todas las semanas. Finalmente, la decisión la tuve que tomar yo, pues por parte de mi hijo, desde que casó, nunca se pronunciaba, y mi hija, que sí lo hacía, era para retenerme, ya que nunca aceptó de buen grado esta parte de mí. Manolo, en su línea, nunca me decía la verdad de lo que pensaba, pero, eso sí, nunca me detenía. Por otro lado, él vivía su vida y cuando llegaba a casa ya había comido, ni se molestaba en avisarme.

A los pocos días llamé al propietario de la librería diciéndole que aceptaba su propuesta de ir a dar el curso, y él, muy contento, me preguntó si le podía dar una fecha para ir anunciándolo. Se la di sin saber aún dónde me iba a alojar. Les dije a Manolo y a los hijos el día que me iría.

El día que salí lo recuerdo con tristeza, pues cuando me levanté Manolo ya se había marchado. Mientras me preparaba, me decía a mi misma «Seguro que viene alguno de mis hijos, o me llaman…». Pero no fue así. Cuando terminé de prepararme, cogí mi maleta, cerré la puerta del piso, bajé a la cochera, me subí en el coche y me puse en marcha.

Hice el camino sin detenerme. Muy cerca de la ciudad de mi destino vi un pueblo e instintivamente, hacia él me desvié. Había árboles muy frondosos a un lado y al otro del trocito de carretera que recorrí antes de llegar a él. En ese mismo instante, una suave brisa hizo que sus ramas se movieran. Presté atención a su sonido y esa paz interior que yo conocía muy bien, me invadió. Era su forma de darme la bienvenida. ¡En él debía quedarme! Y para dar el curso, me desplazaría sin demasiado esfuerzo. Aparqué el coche en el primer hostal que vi, y, por aquel tiempo, ¡el único! Entré, una señora me recibió. Le pregunté si tenía una habitación libre.

— Si —me dijo—. ¿Se va a quedar unos días o es sólo para esta noche?

—Bueno —le contesté—, he venido para unos meses. Me quedaré en el hostal unos días hasta que encuentre un piso amueblado para alquilar. ¿Usted sabría de alguno?

—Pues si —me contestó—, yo tengo uno que le podría alquilar. Lo compramos para alquilarlo los meses de verano, pero aún no se ha estrenado. Si quiere se lo puedo enseñar.

Fuimos a verlo. El piso era perfecto. Tenía dormitorios con camas suficientes, que era lo que yo quería, para que vinieran Manolo y los hijos cuando quisieran. También había sabanas, toallas, … Sólo faltaba que llegáramos a un acuerdo en el precio y así se lo dije a la señora, que, después de pensarlo, me pidió una mensualidad razonable, por lo que llegué a la conclusión de que me quedaría en el piso. A continuación, ella me dijo:

—Esta noche se queda en el hostal, mañana le digo a mi hija que venga para limpiarlo y por la tarde ya lo puede ocupar. Ah, lo que no le he dicho es que tiene instalada la línea de teléfono. Si lo quiere sólo tiene que darse de alta.

Al día siguiente lo primero que hice fue buscar una cabina de teléfono para llamar a Manolo e informarlo. Su silencio, con sólo alguna que otra palabra que de vez en cuando me decía, me dio la respuesta de que no se esperaba que tomara esta decisión, pues, ciertamente, él me daba libertad, pero porque me conocía bien y aunque sabía de mi maltrecha salud, nada sabía de lo que me estaba pasando, por lo que él esperaba que lo que haría sería ir y volver todas las semanas. Por mi parte pensé «Tendré que darle tiempo para que asimile que ya no soy la misma».

—Bueno Manolo, que se me han acabado las monedas. Te llamo mañana y te doy el número del hostal para que vosotros me podáis llamar.

El día fijado para dar el curso llegó. Metí mi Biblia y los 21 arcanos mayores del Tarot en una bolsa y salí con tiempo de antelación para llegar a la hora prevista. Los pocos kilometros que recorrí para llegar a la ciudad los hice sin ninguna dificultad, porque la señora del hostal ya me había informado. Lo que no fue tan fácil fue encontrar la calle donde estaba situada la librería. Tuve que detenerme varias veces para preguntar. ¡Menos mal que salí con tiempo! Porque después de encontrarla di varias vueltas más para aparcar el coche. Cuando por fin encontré un aparcamiento, aunque quedaba un poquito alejado, en él lo aparqué e hice el trozo que faltaba hasta llegar a la librería caminando.

Cuando llegué ya había un grupito de personas esperando, todas con mi libro en la mano. El dueño me presentó y enseguida nos invitó a pasar a otra estancia muy amplia con una mesa y sillas. Él salió, diciéndome:

—Faltan algunas personas por llegar, pero no tardarán.

Mientras tanto, nos fuimos acomodando. Yo, lo primero que hice fue sacar mi Biblia y el Tarot, y los puse sobre la mesa. Las personas que faltaban entraron. A mi el corazón me latía con fuerza porque allí estaba para dar el curso a personas, algunas profesionales, y no sabía cómo empezar ni lo que hacer. «¡Dios mío, ayúdame!», pensaba. En ese mismo instante me invadió ese estado de paz que yo conocía bien, acompañado de este mensaje «Tranquila, sólo tienes que dejarte llevar».

Plenamente confiada, abrí mi Biblia, miré a este grupito de personas que, sentados a poca distancia de mí esperaban, y, tímidamente, empecé. Las palabras fluían de mi boca compaginando en el momento adecuado pasajes de la Biblia con el conocimiento del Tarot. Todos me oían admirados… La hora estipulada pasó, más ninguno de los allí presentes la tuvo en cuenta. ¡Todos querían más! Finalmente, el propietario de la librería entró diciendo:

—Yo no tengo prisa, pero Josefina estará cansada y todavía tiene una distancia para llegar a su casa.

Todos se disculparon diciendo:

—¡Es verdad!, estamos tan bien, que no lo hemos tenido en cuenta…

La despedida se alargó porque todos tenían muchas preguntas. La tarde había sido intensa y me sentía cansada, por lo que, sonriéndome, los miré diciéndoles:

—La próxima semana continuamos.

Ya en la calle, uno de los asistentes me preguntó:

—¿Donde tienes el coche aparcado?

—No lo recuerdo bien —le contesté—. Lo que sí se es que está un poquito alejado.

—Te acompañamos a encontrarlo.

Después de dar algunas vueltas recordé la calle donde lo dejé y se lo dije.

—¡Ah! —me contestó uno de ellos— ¡Nos estamos alejando! Esa calle está al otro lado.

Qué alivio sentí cuando llegamos a él.

—Muchas gracias —les dije— por haberme acompañado.

—¿Sabes el camino de regreso?

—Si, no os preocupéis. ¡Nos vemos la próxima semana!

El curso lo fui desarrollando según el mensaje recibido, dejándome llevar… La admiración de todos los asistentes iba creciendo. Manolo y los hijos me visitaban siempre que podían. A mí me alegraba, pero ya no era la misma, y también mi alimentación pasó a no preocuparme, hasta tal punto que eran muchos los días que los pasaba con un trocito de pan con aceite o lo que tuviera en el frigorífico de embutido, por lo que, cuando ellos venían, tenía que hacer un gran esfuerzo para atenderlos, dándoles lo mejor, como siempre lo había hecho, y para que no echaran nada en falta, me pasaba horas en la cocina e improvisaba recetas… En los momentos en que era visitada por el E.S. tenía que disimular para que ellos no lo notaran y pensaran algo peor. A pesar del esfuerzo que tenía que hacer, siempre los recibía con la misma entrega. Cuando se iban tardaba varios días en recuperarme.

A tan sólo tres fines de semana para finalizar en curso me encontré con una nueva asistente. El propietario de la librería me la presentó diciéndome:

—Josefina, es Lidia. Debido a su trabajo no ha podido asistir desde el principio, pero está muy interesada en venir el resto del curso.

—¡Bienvenida! —le dije.

Ella me miró dándome las gracias. En su mirada profunda vi una gran tristeza. Todo en ella era diferente: su aspecto, su vestimenta… Mas no le di mayor importancia. El resto fueron llegando, por lo que vi era ya conocida de todos. Ese día empecé poniéndola un poco al día de lo que había sido el curso. Terminé preguntándole:

—¿No se si será suficiente para ti? Pero es todo lo que puedo hacer.

—No se preocupe —me contestó—. Vengo preparada, he leído su libro varias veces.

El curso llegó a su fin, pero todos me pedían que nos siguiéramos viendo.

—Necesitamos —me decían— que nos siga aclarando más pasajes de la Biblia.

—Por mí no hay inconveniente —les contesté.

Y así fue como mi estancia en esta ciudad, en la que, en un principio, estaría tres meses, se prolongó mucho tiempo más, durante el cual, dejándome guiar, me dediqué en cuerpo y alma a instruirles.

El grupo se fue ampliando. Me desplazaba a la casa que me iban ofreciendo, también nos reuníamos en el piso que pude seguir conservando. Manolo y los hijos seguían visitándome. En una de sus visitas, vimos necesario realizar la instalación del teléfono para poder comunicarnos con más facilidad. Yo también me desplazaba a Granada para estar con ellos y ver a mi querida madre.

Más o menos por este tiempo tuve otro de mis sueños reveladores. Como ya os he explicado en otro capítulo de mis memorias, los tenía de diferentes formas. En lo que sí quiero insistir, (por si los tuviereis alguna vez), es que siempre nos dan información para ayudarnos a comprender, pero no antes de que se haya superado en positivo la prueba por la que se esté pasando.

En este sueño me vi que caminaba por un campo de tierra árida, me llamó la atención una pequeña parcela con surcos bien marcados en la que habían sido sembradas flores, de las cuales, una vez florecidas, ya sólo quedaban sus tallos resecos. En otra secuencia, dentro del mismo sueño, me vi andando por el mismo campo. Al llegar a la parcela, vi que todas las flores antes resecas, habían florecido, y lucían con diferentes colores. Me acerqué para verlas con detenimiento y vi que en una de ellas había un pequeño gusano. No era común, de estos rechonchos que nos encontramos en alguna fruta podrida. Este era espigadillo, se movía a ambos lados con tanta soltura que a mí me hizo gracia. Al momento supe que esta flor pertenecía a Lidia, y en ella lo dejé.

Lidia, en las reuniones, aunque oía todo lo que decía con interés, en la ronda de preguntas que siempre me hacían, se mantenía al margen. Lo que yo percibía de este comportamiento es que se sentía por encima de los demás. Todos sabían que podían contar conmigo siempre que lo necesitaran, y, como en las reuniones no se exponían a hablarme de sus muchos problemas que a nivel personal y familiar tenían, venían al piso para hablarlo sólo conmigo, o me llamaban por teléfono, que, por cierto, eran muchos los días que no paraba de sonar, por lo que el poco tiempo que tenía libre lo dedicaba a escribir.

Un día Lidia, viendo que estaba sola y que era mucho trabajo para mí, se brindó para ayudarme. Sería ella la que conduciría cada vez que me tuviera que desplazar. Esta fue su forma de poder estar más tiempo a solas conmigo. Su oferta la acepté porque, en el fondo, sabía que era ella la que necesitaba mi ayuda, y poco a poco se fue abriendo a mi. Me hablaba de su infancia, de lo mal que lo pasaba vestida de niña…

—¿Y eso por qué? —le preguntaba.

—Porque no me sentía bien. Yo prefería ponerme la ropa de mis hermanos para ser uno más, no una. Además, vestida de niña, la pandilla con la que jugaban mis hermanos, no me dejaban que jugara con ellos a las guerrillas, que era lo que a mí me gustaba. Cuando me obligaban a ponérmelo era para mí un suplicio. La paliza era segura cuando me veían llegar con el vestido roto. Los días que no podíamos salir a la calle porque el mal tiempo nos lo impedía, las peleíllas las empezábamos por aburrimiento. Al final nos calentábamos y a puñetazo limpio terminábamos en el suelo, hasta que mi madre, zapatilla en mano, nos venía a separar. Con la paliza que nosotros nos habíamos propinado y la que nos ganábamos, nos íbamos a la cama bien calentitos —se reía recordándolo—. El momento más duro para mí fue cuando me vi que los pechos me crecían. Me miraba en el espejo y me decía «¡Esto no me puede estar pasando a mí!». Mi madre me compró el primer sujetador. Me negué a ponérmelo. Tuvo que obligarme. Pero yo, en un descuido de ella antes de salir me lo quitaba y ya en la calle lo tiraba. La de sujetadores que la pobre me compró…

Superada esta etapa continuó diciéndome:

— Las mujeres me buscaban y yo complacía sus deseos. También he tenido varias parejas. El tiempo que duró la convivencia con cada una de ellas me entregaba con la esperanza de que sería mi complemento, mi compañera, más la visión de mi cuerpo me devolvía a la realidad. Mi carácter se tornó violento y más de una de las mujeres que pasaron por mi vida lo padeció en sus cuerpos. Algunas veces las golpeaba con tanta furia que no podía detenerme. Después me sentía tan mal que desaparecía por unos días para estar a solas conmigo misma, pero bien surtida de alcohol y de tabaco. Mis familiares más cercanos eran conocedores del lugar de mis retiros y permanecían, sin que yo me diera cuenta, asegurándose de que estaba bien. En estos retiros le hacía muchas preguntas al Padre. Aún se las sigo haciendo, pues mi vena espiritual es grande, pero Él nunca me responde.

La vi tan confundida que le di las llaves del piso para que viniera cuando lo necesitara.

En uno de estos encuentros en los que ella se fue abriendo a mi recuerdo que veníamos de una reunión. Aparcó el coche y me preguntó:

— ¿Te parece bien que nos sentemos en la arena frente al mar? La tarde está preciosa.

— Me parece bien —le contesté.

Había gente bañándose y yo, antes de llegar a la orilla, sorteé para sentarme algunos montículos de arena, posiblemente hechos por los niños en sus juegos. Ya sentada, la miré para que ella también lo hiciera, y me dijo:

— Siéntate aquí que estás más elevada, como te corresponde.

Y ella se sentó frente a mí en el lugar en que yo me había sentado. El mar estaba en calma. Respiré complacida la brisa marina. Ella me miraba como si me estuviera viendo por primera vez. Yo le dije:

— ¿Se está bien verdad?

Su respuesta fue:

— Tu ya eres libre. El Padre te quiere a su servicio.

Esto yo ya lo sabía porque así se me había revelado, pero que me lo dijera ella que nada sabía de esta revelación, me sorprendió, más no le di importancia.

— Tengo un poco de frío —le dije— ¿Nos vamos?

En el camino de regreso me fue contando otras anécdotas de su infancia. De repente se quedó callada. La expresión de su cara cambió, con la mirada fija en la carretera quedó sola con sus recuerdos, y éstos le abrumaban. Respeté su silencio. Así continuó durante todo el camino, hasta que llegamos.

Con la puerta del coche abierta para dejarme, me preguntó:

— ¿Tu qué piensas de la homosexualidad?

— ¿Quién me pregunta? ¿La niña que empezó a descubrir que era diferente? ¿O la mujer que por no aceptar su karma ha quedado atrapada en él y no lo quiere reconocer?

La respuesta que le di no fue de su agrado, demostrando su desacuerdo con enfado. Este fue el primero de los muchos que tuvimos, en los que pude comprobar que, como ella decía, su vena espiritual era grande, más su rebeldía al no querer aceptar su karma la tenía sumida en una gran confusión. Con las respuestas que daba a las preguntas que me hacía, se rebelaba, rebatiéndome todo lo que le decía.

Nuestras luchas eran tremendas. Los descansos eran necesarios. Ella desaparecía por unos días. Cuando volvía era con más fuerza para continuar con la lucha. Sin embargo, yo, cada vez que las teníamos, me iba debilitando. Es por lo que en mis oraciones me lamentaba al Padre, diciendo:

— No voy a poder seguir ayudándole.

Tienes que continuar —me respondió Él—. Dedícale un poco de tiempo más, pues, aunque del lado oscuro, ella también ha sido fiel cumplidora y es mucho lo que ha sufrido. Sus peticiones para que le ayude han llegado a mí y me he compadecido. Lo que ella no sabe es que le tengo reservada la recompensa. ¡Presta atención a lo que te voy a decir! —y, tras informarme, continuó diciéndome— De todo lo que te he anunciado no puedes decirle nada, pues sólo se la ganará si da el paso por su propia voluntad.

Después de recibir este mensaje puse todo de mi parte para dedicarle el tiempo que se me pedía. Desde el primer momento fui consciente de que no iba a ser fácil, pero ¡qué grandeza para su evolución si conseguía dar el paso!

Un día me sorprendió diciéndome:

— ¡Ya se por lo que el Padre ha permitido que nos encontremos! Tu eres un Ángel de la Luz y yo de las Tinieblas. ¡Él quiere comprobar quién de entre los dos gana la batalla!

Esto yo ya lo sabía, por lo que en aquel momento no le di importancia, porque así tenía que ser. Pero en este presente al recordar por todo lo que pasé, me estremezco…

Los días pasaban, las reuniones con la ayuda que ella me brindó desinteresadamente las siguió manteniendo, pero poco a poco se fue retractando, más yo, con su ayuda o sin ella, las seguí haciendo. Los cambios de humor en su lucha por ganar la batalla eran constantes. Las veces que venía a verme le molestaba que me llamaran por teléfono para consultarme y que no compartiera con ella la consulta que me hacían, las cuales para mí siempre han sido y siguen siendo sagradas. También le molestaba que Manolo me visitara para pasar unos días conmigo, diciéndome:

— Él es tu pasado y el padre de tus hijos. Yo soy el presente y lo quiero todo de ti.

Yo la oía desconcertada, porque no comprendía lo que me quería decir, más era firme en las contestaciones que le daba, que ella seguía rebatiéndome.

Otro día, me dijo:

—¡Quiero hacerte el amor!

A lo que le contesté:

— El Amor no se hace, pues desde el momento en que fuimos creados, forma parte de nosotros.

Al oírme se bloqueó, pero enseguida reaccionó diciéndome:

— ¡Quiero hacerte sentir!

— Yo ya siento, y es tan maravilloso que no existe en la Tierra hombre o mujer que lo pueda superar.

Estos debates seguían siendo verbales. Podían durar horas, incluso el día completo, pero según se iban sucediendo por parte de ella fueron tomando fuerza. Recuerdo que solía sentarse frente a mí. En uno de ellos, ya agotada, me quedé en silencio mirándola. Ella, en mi mirada, reconoció el Amor Divino que tanto ansiaba sentir. A ella le molestó tanto que respondió lanzándome uno de mis libros que tenía en la mano. No llegó a darme. Tengo la seguridad de que no quería que me diera, porque de haberlo querido, no habría fallado.

Otro día que nos encontramos en la misma situación, contrariada por mi silencio, el objeto de su ira fue lanzarme una botella de plástico grande llena de agua. Tampoco quiso darme, pero la lanzó con tanta fuerza que la botella se rompió justo a mi lado. El agua que contenía me salpicó. Quedé toda mojada. Me levanté para ir a mi habitación y coger una toalla para secarme la cara. Para poder abrir el cajón donde las guardaba tuve que cerrar la puerta. No sé lo que le pasó por su cabeza cuando oyó que la cerré… Con la toalla en la mano me dispuse a salir. Justo en ese momento ella le dio una patada a la puerta, dándome de lleno a la altura de la ceja. Caí desvanecida. Fue solo uno segundos. Al verme que sangraba, muy preocupada, me ayudó a levantarme. Me miró la herida que no paraba de sangrar, diciéndome:

— Es mejor que vayamos a la consulta privada del médico que tu conoces, para que te la vea.

Y hacia su consulta nos dirigimos. Al verme me preguntó que cómo me la había hecho. Lidia se adelantó diciéndole que me había resbalado al salir de la bañera. El médico me miró interrogante, esperando mi aprobación de lo que ella le dijo. Lidia me miraba temerosa de lo que iba a decir, más yo tuve muy presente lo que se me había anunciado y le confirmé bromeando:

— Si doctor, así de tonta ha sido la caída.

Él me contestó:

— Pues te tengo que dar tres puntos para que la herida cierre bien.

A estos incidentes les siguieron otros de más o menos envergadura. No por ello dejé de recibirla ni dejé de hacer las reuniones. Pero mi debilidad iba en aumento, y yo sabía que era la señal de que el tiempo que se me había pedido que le concediera llegaba a su fin. No obstante, continué recibiéndola y, para darle tiempo de que tomara su decisión en libertad, dejé de luchar con ella. Estado que confundió para pensar que me había ganado la batalla, y así quiso que me vieran un grupito de personas y sus familiares más íntimos. Para ello les invitó a pasar con nosotras un día en el campo, y yo, aunque muy desmejorada, acepté el reto, con la esperanza de que ella aprovecharía esta nueva oportunidad que le daba la vida. Pero no fue así. La decisión que tomó fue todo lo contrario. Durante un tiempo me estuve preguntando si fue la correcta. La seguridad de que sí lo fue me la dio al recordar el sueño revelador que tuve mucho antes de que ella la tomara. También fue para mí la confirmación de que mi misión con ella había sido superada con éxito. Este sueño fue así:

Me vi que estaba de pie en la orilla de un mar en calma. Sus aguas transparentes bañaban mis pies... Levanté mi mirada y vi a Lidia que, de espaldas a mí, caminaba con decisión mar a dentro. Consigo llevaba mi bolsa, en la que iban las llaves de mi casa. Percibí que no tenía intención de detenerse. Llorando, empecé a caminar hacia ella al mismo tiempo que le decía: «¡No te lleves mi bolsa, en ella están mis llaves!». Cuando el agua me cubría las rodillas, me detuve. A ella le cubría la cintura y sin detenerse, lanzó la bolsa hacia mí. La recogí, y apretándola contra mi pecho, la miraba, que siguió mar a dentro hasta hundirse por completo en sus aguas. Rota de dolor, en el mismo sitio me quedé, mirando hacia el punto en el que se hundió.

Cuando me desperté sentía el mismo dolor y las lágrimas eran reales. Y como siempre solía hacer, a nadie dije nada de él.

En esta ciudad me quedé algunos años más, porque mi misión no había terminado…