Capítulo 22: Traiciones


En este nuevo capítulo que empiezo, con todo lo expuesto con Lidia cierro una etapa de mi vida, pero, en este presente, según voy escribiendo mis memorias, la tengo que abrir, por los recuerdos que vienen a mi mente, ya que, al mismo tiempo padecí otros.

Por un lado, algunos de los componentes del grupo que, desde mi llegada a esta ciudad, fueron fieles seguidores y a los que tanto tiempo les dediqué, me traicionaron… La traición en todos los ámbitos que se padezca es dolorosa, pero en esta ocasión lo fue aún más por el modo en que lo hicieron… y, por otro lado, las que padecí relacionadas con parte de la familia: hermanas, sobrinos, …

Las visitas para vernos Manolo y los hijos eran frecuentes y, como ya os he explicado en otro capítulo, yo ponía todo de mi parte para atenderles. Cuando era yo la que me desplazaba, aparte de compartir con ellos, mi prioridad era estar con mi madre y cubrir alguna de sus necesidades, por lo que llamaba por teléfono a mis hermanas para quedar un día y vernos.

Recuerdo que el día acordado iba con la misma ilusión de siempre, la de poder compartir en armonía ese café, o lo que fuese, encontrando por parte de ellas más de lo mismo: los vacíos que seguían haciéndome, a los que añadieron reproches, pues para ellas no era suficiente lo que hacía por mi madre.

No obstante, mis encuentros con ellas los seguía manteniendo cada vez que iba y, a pesar de que mi deterioro era evidente para ellas por lo que estaba viviendo con Lidia, nunca me preguntaron los motivos. Lo que si hicieron fue dar rienda suelta a sus pensamientos negativos: para ellas, este deterioro era debido a que me estaba drogando y, para comprobarlo, planearon hacerme una visita sin avisarme… ¡Ojalá que lo hubieseis hecho, aunque hubiese sido con esas intenciones!

Un día recibí una llamada. Yo me encontraba invadida por el E. S. De cómo me siento durante estas visitas no puedo daros muchos detalles para no dar pistas a los plagiadores/as. Sólo os diré que mi voz se tornaba débil… Descolgué el teléfono. Era una de mis hermanas. Al oírme me saludó diciéndome:

— ¿Qué te pasa? ¡Parece que estás drogada!

No pude contestarle… Pero en este presente sí siento que lo debo hacer:

«¡Sí, querida hermana!… Estaba bajo los benditos efectos de la droga, pero de ésta por la que sigo ayudando a todos, los que estén interesados en obtenerla y a pesar de […] lo seguiré haciendo todo el tiempo que siga viviendo en esta vida, y para cuando ya no esté, os dejo mucha información en los libros que he escrito y en mi página web».

A los pocos días recibí otra llamada: era otra de mis hermanas, para decirme que mi querida madre se había caído y se había roto la cadera. Yo hacía días que me estaba organizando para desplazarme y conocer a mi primer nieto, pues el esfuerzo que tenía que hacer debido a mi estado y a la situación que estaba viviendo era tremendo. Al saber de la caída de mi madre una vez más me sobrepuse para afrontar el recibimiento que me hicieran y al día siguiente me puse en camino.

Lo primero que hice al llegar fue quedar con mis hermanas para ponernos de acuerdo en atender a mi madre. Yo me abrí a ellas diciéndoles lo limitada que me encontraba para poder estar con ella todo lo que quisiera.

— Pero, por eso no tenéis que preocuparos —les decía—, porque lo que yo no pueda lo hará una persona de mi confianza.

Ellas no me dijeron nada, pero en las miradas escépticas que intercambiaron vi con claridad lo que pensaban. Más no le di mayor importancia, me despedí de ellas y me fui a ver a mi madre que, por cierto, hablando con ella pude constatar, con sus comentarios, que la habían puesto en contra de mí, causa de que mi pobre madre también padeciera la consecuencia… Fue muy doloroso ver su cambio hacia mí y no poder decirle la verdad a las preguntas que me hacía…

El día que la operaron quise estar con ella sola antes de que la pasaran al quirófano. Me senté a su lado y le cogía la mano para tranquilizarla. Ella me miró y cerró los ojos. Al poco rato llegaron mis hermanas. Me levanté para saludarlas, saludo que ignoraron, centrando su atención en mi madre. Bromeando, la animaban. Ella abrió los ojos, correspondiéndoles con una sonrisa. Yo seguía de pie, contemplando la escena… En ese momento, entró un celador para llevarla a quirófano. Durante la espera, preguntó una de mis hermanas:

— ¿Quién se va a quedar con mama esta noche?

Ninguna se ofreció, en espera de que yo lo hiciera…

— ¿Me quedo yo? —les dije.

Otra de ellas comentó:

— Es mejor que nos quedemos dos por lo menos la primera noche.

— Como queráis —les contesté.

En ese momento salió el cirujano para informarnos de que todo había salido bien:

— Se quedará unas horas en observación antes de subirla a planta.

Le dimos las gracias y cuando se fue, una de mis hermanas propuso:

— Las que os vais a quedar por la noche, es mejor que os vayáis a descansar un poco. Nosotras nos quedamos hasta que a mama la suban a planta.

A mí me pareció bien, pero como no sabía cuál de ellas se quedaría conmigo, esperé para irnos juntas. Vi que entre ellas cuchicheaban… Finalmente, viendo que ninguna se levantaba, les dije:

— Yo me voy, porque necesito descansar. ¡Hasta luego!

Llegada la hora de irme al hospital, me fui confiada en que la hermana que se iba a quedar conmigo, así lo haría. Cuando llegué, mi madre estaba sola. Tenía buen aspecto. Al momento, entró una enfermera para cambiarle la botella de suero. Me preguntó:

— ¿Usted se va a quedar con ella esta noche?

— Sí —le contesté—. ¿Tengo que hacer algo en especial?

— Solo tiene que vigilar el suero. Si ve que se agota, nos lo comunica. ¡Tenga también especial atención en que no se mueva de cintura para abajo!

— Gracias. ¡Estaré pendiente!

Cuando se fue, me senté al lado de mi madre en espera de que alguna de mis hermanas llegara. Las horas pasaban más ninguna llegó.

Mi madre padecía el síndrome de piernas inquietas. Sus síntomas se manifiestan con un continuo malestar que no te permite dejar de mover las piernas. A media noche, pasado el efecto de la anestesia, se despertó y empezó a moverlas. Yo se las sujetaba, al mismo tiempo que le decía:

— Mama, la enfermera ha dicho que no puedes moverlas, porque la prótesis que te han puesto en la cadera se puede salir de su sitio.

Los síntomas iban aumentando, de tal forma que se quería tirar de la cama, la pobre. ¡Qué mal lo pasó! ¡Y yo, tratando de sujetarla! Pues ella, a pesar de su edad, tenía mucha fuerza física. Decidí llamar al timbre para que viniera la enfermera. ¡Poder llegar a él y sujetarla al mismo tiempo para que no se cayera, fue toda una odisea!

Cuando llegó la enfermera, al verla cómo se debatía, quiso atarle las piernas. Me negué a ello, sugiriéndole:

— Eso no, por favor. Inyéctele un calmante. Puede que le haga efecto.

Así lo hizo, y, poco a poco, mi madre quedó tan relajada que se durmió. Al poco rato entró la enfermera para comprobar si el calmante le había hecho efecto.

— Ya ve que sí, hasta se ha dormido.

Ella me miró y preguntó:

— ¿Usted cómo se encuentra? Tiene la cara muy blanca. ¿Le traigo una manzanilla o un zumo?

— No, gracias —le contesté—. Estoy bien.

Cuando la enfermera salió de la habitación fui a sentarme para estar más cerca de mi madre, pero no pude. Mi columna me estaba pasando factura por el esfuerzo que había hecho sujetándola. El dolor era tan intenso que apenas podía respirar. Tampoco podía estar de pie. Intenté de nuevo sentarme. Lo hice muy despacito. Ya sentada, respiré profundamente y cerré los ojos para relajarme un poquito… Pensé en mi nieto, aún no lo había visto. El día anterior ya había quedado con mi hija para ir a verlo, cuando fuese relevada por alguna de mis hermanas. ¡Tenía tantas ganas tenerlo en mis brazos, que las horas se me hicieron eternas! La duda de que ninguna llegara para relevarme me asaltó, más enseguida la deseché.

Mi madre dormía plácidamente. A mí, el ir y venir de las enfermeras para atender a los enfermos me mantuvo despierta. Desde una ventana que había frente a mí vi el amanecer y con los primeros rayos de sol que iluminaron la habitación mi madre se despertó. Seguía muy relajada.

— ¿Cómo te encuentras, mama? —le pregunté.

—¡Bien! —me contestó. Y señalando el lado de la cadera operada me dijo —Sólo me duele por aquí un poquito. Y tú, ¿cómo estás? ¿Has estado sola conmigo? ¿Es que no ha venido ninguna de tus hermanas?

No tuve tiempo de contestarle porque en ese momento entró la enfermera a ponerle el termómetro. Cuando volvió para retirárselo le pregunté:

— ¿Usted me podría decir si le darán el alta pronto?

— Esa pregunta sólo el cirujano que la ha operado se la puede confirmar. Hoy, que pasará a verla, se lo puede preguntar. Yo lo que le puedo decir es que todos los enfermos operados de lo mismo que su madre, si no han tenido ninguna complicación, como es el caso de ella, normalmente son dados de alta en pocos días.

— Pues muchas gracias.

Sobre las diez llegaron dos de mis hermanas. Después de besar a mi madre y preguntarle que cómo había pasado la noche, como ella nada les pudo decir, me preguntaron a mí.

— Bien —me sorprendí diciéndoles—. El cirujano que la ha operado vendrá esta mañana a visitarla. Os vais a quedar con ella, ¿verdad? Os lo pregunto porque es importante que estéis pendientes para preguntarle a él todo lo que queráis. Ya me informaréis de lo que os diga.

Me acerqué a mi madre para besarla, al mismo tiempo que le dije:

— Todo está bien, en pocos días te darán el alta.

Me despedí de mis hermanas y salí de la habitación. Ya en la calle me detuve. En dos horas mi hija me recogía para ir a ver a mi nieto. «No voy a poder, necesito descansar». Pues, aunque mi coche lo dejé aparcado muy cerca del hospital, tuve que hacer un gran esfuerzo para poder llegar hasta él, así que, cuando llegué a la casa, llamé a mi hija y le dije cómo me encontraba.

— ¿Quedamos para la tarde? —le pregunté.

— Sí, mamá. Descansa un poco. Pasaré por la tarde a recogerte.

Y así lo hicimos. Cuando entramos en la habitación estaba Lina en la cama. La cunita de mi nieto, con sólo dos días de vida, a su lado, y también estaba mi hijo. Con alegría por nuestra parte por el feliz acontecimiento, los besamos dándoles la enhorabuena. Nos acercamos a la cunita de mi nieto, con su carita sonrosada. ¡Era precioso!

Al instante, Lina se levantó de la cama, y sin decir ni una palabra, salió de la habitación. Mi hijo la siguió. Mi hija y yo contemplábamos a mi nieto cómo dormía… Contuve las ganas de tenerlo en mis brazos… Pasaron treinta minutos y sus padres seguían sin aparecer por la habitación. Mi nieto empezó a moverse, pero no me atrevía a cogerle, esperando que sus padres llegaran… Sólo lo mecía en su cunita.

En ese momento, entró la enfermera con un biberón en la mano. Al ver la cama vacía sin Lina, preguntó:

— ¿Dónde está la mamá?

— Ha salido un momento —le dijimos.

—¡Pues es la hora de darle su biberón! ¡Aquí se lo dejo!

Pero ellos no llegaban… Mi nieto empezó a llorar. Al oírlo, la enfermera entró de nuevo. Al ver que Lina no estaba lo tomó en sus brazos y empezó a dárselo, al mismo tiempo le decía «Pero, ¿dónde ha ido tu mamá?».